lunes, 18 de agosto de 2008

Auge y caída del negocio olímpico

Muchos recordamos la emoción de la votación del Comité Olímpico Internacional que eligió a Barcelona como sede olímpica en dura pugna con París y otras ciudades. Esa competencia por albergar los juegos no existía a principios de la década de los ochenta debido a la experiencia canadiense.

En 1976 la ciudad de Montreal albergó los juegos olímpicos me marcaron un antes y un después. Albergar unos juegos olímpicos siempre fue un motivo de orgullo para el país organizador pero el elevadísimo déficit alcanzado en esa edición arruinó las finanzas públicas que tuvieron que asumir una deuda que tardó en pagar treinta años. Incluso se estableció un impuesto especial sobre el tabaco para sufragar los gastos. Los problemas no se acabaron con los juegos ya que el estadio olímpico se convirtió en un gigantesco elefante blanco que supone importantes gastos de mantenimiento y cuyo uso es esporádico. Por otra parte el velódromo se reconvirtió en un jardín botánico.

En 1980 los juegos olímpicos se celebran en Moscú. La dictadura soviética los utiliza como instrumento de propaganda en medio de la guerra fría. A pesar de que los datos oficiales arrojaron un moderado déficit, estos resultan poco fiables, al igual que el resto de estadísticas oficiales como mostró el colapso económico que sufriría el régimen décadas después.

Con estos antecedentes no es de extrañar que sólo existiera una candidatura para albergar los juegos olímpicos de 1984. O tal vez lo sorprendente es que se presentara una. Los Angeles salvó a los juegos olímpicos que estuvieron en un brete de desaparecer. Pero comandado por Peter Ueberroth, el comité organizador logró que los juegos no sólo no supusieran una carga para erario público norteamericano sino que logró un beneficio económico de 250 millones de dólares. Se trataban del primer resultado positivo obtenido por unos juegos desde 1932. Y lo hizo mediante una fuerte participación de la iniciativa privada que se encargó de la organización, aportó fuertes recursos mediante el patrocinio y los derechos televisivos e incluso construyó por cuenta propia las nuevas instalaciones necesarias de la piscina olímpica y el velódromo.

Los juegos olímpicos de Seúl siguieron la senda de los anteriores y logaron repetir los beneficios. Los ingresos por patrocinio y televisión se dispararon gracias a la creciente popularidad de los juegos tras el éxito de Los Angeles. Los surcoreanos controlaron de forma excepcional los costes, al lograr organizarlos con el mismo montante de dólares corrientes que los canadienses 24 años atrás.

Y llegaron los juegos de Barcelona. Costaron al menos el triple que los organizados en Corea. Los ingresos también se incrementaron pero no en tal proporción. El resultado fue un regreso al déficit en los juegos olímpicos. El resultado oficial presentado por el comité organizador fue de un equilibrio presupuestario, un maquillaje debido a que las administraciones públicas tuvieron que asumir numeroso costes de la organización. El éxito organizativo y el aumento de la autoestima de la ciudad y del país provocado por los juegos hicieron que no se produjera ningún debate público sobre el agujero económico producido.

Con los juegos de Atlanta de 1996, el COI agradecía a Estados Unidos la salvación de los juegos que produjo su gestión de 1984. A pesar de que de nuevo la iniciativa privada fue determinante como 22 años antes, el resultado no fue el mismo. No se obtuvieron pingues beneficios como en Los Angeles, hubo un atentado y la organización recibió fuertes críticas de los participantes. El comité organizador criticó a su vez el excesivo afán recaudatorio del COI y su corrupción.

Las olimpiadas de Sydney presentaron, igual que las de Barcelona, un resultado equilibrado en un principio. Pero dos años después una auditoria pública determinó la existencia de un elevadísimo déficit real ya que las cuentas preeliminares del comité organizador no incorporaban numerosas inversiones realizadas directamente por el gobierno para la celebración de los juegos. Estos nuevos datos hicieron preguntarse a muchos si había sido una buena idea albergar las olimpiadas.

Si los juegos de Barcelona y Sydney hacían temer el regreso de los fantasmas de Montreal, Atenas 2004 acabó por confirmarlo. Un déficit de más de siete mil millones de euros provocados por el incremento de los costes muy por encima de lo presupuestado y unos menores ingresos.

Con este panorama sólo otra dictadura como la de Moscú en 1980 puede hacer frente a unas olimpiadas sin importarle el déficit generado, en aras de fortalecer el poder de las elites gobernantes. Va a resultar difícil conocer el coste real de los juegos de Pekín 2008 pero ya se sabe que será muy superior al presupuestado. Asimismo se está detectando que los organizadores han inflado los ingresos, como el caso de las taquillas, por lo que el déficit real puede ser descomunal.

Ante esos antecedentes, ya surgen críticas en Londres por el posible déficit que se genere. Y mientras Madrid quiere organizar los juegos de 2016. Algunos argumentarán que todas estas pérdidas se compensan con el impulso económico que provocan las olimpiadas. De la existencia de ese supuesto impulso tratará un próximo post.

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